La decepción es solo una estación más de tren.
Inevitable no parar y mirar de cerca el anden. Es necesario
sentarse en un banco desteñido y destartalado, leer un periódico arrugado y
usado, tomar un café amargo en la cantina y charlar con un camarero de estudios
sin salida.
El paso por esta estación no es grata ni mucho menos, la decepción
es un rasgo al que tememos, un zarpazo en el corazón que deja ponzoña como
rastro. Pero muchas otras estaciones te esperan y justo cuando subes al tren de
color verde esperanza, te sientas en el asiento de maquinista y miras detrás de
la ventana pero no con los ojos sino con el alma, ves que en aquel banco
desteñido y destartalo una pareja juró amor eterno, que aquel periódico
anunciaba el nacimiento de un niño que alguien deseaba y que aquel café amargo solo necesitaba azúcar
que podrías haber pedido a aquel camarero de estudios sin salida amante de la
vida.
Al igual que muchos otros y aun con la ponzoña fresca,
enciendes los motores y continúas hacia el siguiente destino. Porque la
estación de la decepción y muchas otras son lugares que debes visitar para
seguir avanzando.
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